Opinión

Relevo azul en Tamaulipas

De 5,005 militantes que acudieron a las urnas internas del PAN en Tamaulipas, 3,740 votaron por Gloria Garza Jiménez y César Verástegui; el 74.7% de la base le dijo al grupo que condujo el partido durante la última década que su ciclo terminó.

El dato más elocuente no está en el total, sino en Reynosa; en el municipio que fue durante años el corazón político de la corriente saliente, la fórmula ganadora obtuvo 261 votos contra 203 de Omeheira López Reyna, la candidata de la continuidad.

Perder en casa tiene un peso simbólico que ninguna impugnación borra; cuando la militancia del territorio propio retira el respaldo, lo que se derrumba no es una planilla, es la idea de que la lealtad territorial era eterna y estaba garantizada.

Conviene recordar cómo se llegó a esta elección, porque el método importa tanto como el resultado; la dirigencia no se renovó por generosidad de la cúpula, sino porque 26 de 28 comités municipales exigieron voto directo y secreto de las bases.

El Comité Ejecutivo Nacional pretendía que la decisión recayera en el Consejo Estatal, un órgano pequeño y controlable; la militancia forzó la apertura, y en cuanto tuvo la boleta en la mano, ejecutó la sentencia que venía incubando desde 2022.

Lo que termina es un ciclo de derrotas acumuladas; bajo la dirigencia saliente de Luis René Cantú Galván, el PAN perdió la gubernatura, alcaldías, diputaciones y presencia territorial, mientras las decisiones de fondo se tomaban cada vez más lejos de la militancia.

Durante ese periodo, el padrón, las candidaturas y los comités respondieron a un solo circuito de lealtades; los procesos internos se volvieron trámite, de modo que la elección del domingo fue menos una contienda que una deuda que el partido tenía consigo mismo.

Lo que empieza todavía no tiene nombre; puede ser una renovación o apenas un cambio de administración, porque Verástegui fue secretario general de Gobierno y candidato a gobernador en 2022, es decir, no llega de fuera del sistema que hoy promete corregir.

La convocatoria reservó la presidencia para una mujer, y Garza será la primera dirigente estatal electa por voto directo de las bases; el riesgo evidente es que la presidencia formal quede en ella mientras el mando real se ejerce desde la secretaría general.

Ese arreglo ya tiene precedentes en la política tamaulipeca; las cuotas de género se cumplen en el organigrama y se incumplen en la mesa donde se deciden candidaturas, presupuestos y alianzas, por ello la prueba de Garza será demostrar que preside, además de firmar.

Hay otro dato que condiciona todo: esta dirigencia es extraordinaria y durará apenas un año; doce meses para procesar las impugnaciones anunciadas por la planilla perdedora, reconstruir comités municipales, depurar un padrón raquítico y definir candidaturas.

El padrón es la cifra incómoda del festejo; en un estado de 3.5 millones de habitantes, el PAN convocó a poco más de 9 mil militantes y votaron alrededor del 50%, de modo que la nueva dirigencia gobierna un partido que celebra su democracia interna con la asistencia de un estadio de beisbol a media entrada.

El discurso de la nueva dirigencia también merece lectura; la palabra unidad se repitió en cada declaración del festejo, y en la política tamaulipeca esa palabra suele funcionar como anestesia, se administra al derrotado para que entregue la estructura sin gritar.

Para 2027 el escenario tiene tres variables; la primera es la unidad, porque si la corriente derrotada se repliega con sus operadores y su financiamiento, el PAN llegará dividido a la renovación de los 43 ayuntamientos, el Congreso local y las diputaciones federales.

La segunda es la geografía; la franja fronteriza sigue siendo el territorio donde el panismo conserva memoria de gobierno y estructura dormida, y ahí se jugará su capacidad de recuperar alcaldías frente a un Morena que competirá con toda la maquinaria del poder estatal y federal.

La tercera es la competencia por el voto opositor; Movimiento Ciudadano crece como refugio de cuadros sin partido, y cada aspirante panista que no encuentre lugar en las candidaturas de Garza tendrá una ventanilla naranja abierta a unos metros.

El pronóstico razonable para 2027 es una recuperación parcial y selectiva; el PAN puede volver a ser competitivo en municipios fronterizos y en el sur urbano si procesa su transición sin fractura, aunque nada indica que esté en condiciones de disputar la mayoría del Congreso local.

Para 2028 la lectura es más incómoda; la sucesión estatal llegará apenas terminando el ciclo municipal, y Verástegui aparece como aspirante natural a repetir candidatura, de ahí que la dirigencia de Garza corra el riesgo de operar como plataforma anticipada de su propio secretario general.

Si eso ocurre, el partido habrá sustituido un liderazgo concentrado por otro en construcción; la diferencia entre el grupo que se va y el que llega se medirá en si las candidaturas de 2027 se deciden con el diagnóstico municipal que prometieron o con la lealtad al nuevo jefe.

La militancia ya hizo su parte y la hizo bien; obligó a votar, votó y relevó a quienes administraron las siglas como territorio propio, sin embargo, los partidos no se democratizan con una jornada, se democratizan cuando la segunda elección interna también se gana en las urnas.

El PAN tamaulipeco tiene un año para demostrar que el domingo cambió de rumbo; si lo desperdicia, habrá demostrado que solo cambió de dueño, y en Tamaulipas los dueños de partido nunca compran para vender.