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Del polvo y las “julias” al caos vial: el transporte que forjó la memoria de Victoria

Por Raúl López García

El traqueteo de las ruedas sobre calles de polvo, el silbido lejano del tren y las voces que se mezclaban entre saludos y despedidas marcaron el origen del transporte público en Victoria, una historia que no solo movía personas, sino también emociones y destinos.

Según fuentes del departamento del Crosnita Municipal, corría 1890 cuando la primera locomotora irrumpió en la quietud de la ciudad. Con su llegada, Victoria dejó de ser solo un punto en el mapa para convertirse en paso obligado de viajeros y comerciantes. Nació entonces la necesidad de conectar la estación con el centro, y en medio del Porfiriato, el impulso modernizador tomó forma con el primer tranvía de tracción animal, promovido por Manuel González hijo, un personaje cercano al poder que supo leer el pulso de su tiempo.

Aquel tranvía avanzaba lento pero firme entre calles de terracería, levantando pequeñas nubes de polvo bajo el sol. A un costado, la plaza Juárez apenas echaba raíces con árboles jóvenes que buscaban sombra, mientras las casas de adobe, de puertas abiertas y techos altos, dibujaban una ciudad cálida y hospitalaria. No era solo transporte, era una postal viva del crecimiento de Victoria.

El progreso no se detuvo. Con el paso de los años, el rugir de los motores sustituyó el andar de los animales. Las primeras “fortingas” aparecieron como símbolo de modernidad y trajeron consigo el olor a gasolina, detonando nuevos comercios. La calle ocho se transformó en parte de la Carretera Nacional México-Nuevo Laredo, y la ciudad comenzó a latir con mayor fuerza, mirando hacia el futuro.

Fue en ese escenario donde nacieron las entrañables “julias”, pequeños gigantes de la movilidad que, aunque escasos, dejaron una huella imborrable. “La Venecia” y “La Europa” no eran simples unidades, eran personajes de la vida diaria. Sus carrocerías rojas con destellos amarillos cruzaban la ciudad como pinceladas vivas, llevando historias entre el parián y la estación.

Dentro de ellas, la vida transcurría en movimiento. Un chofer al volante y un cobrador que recorría los pasillos estrechos marcaban el ritmo del viaje. Los pasajeros, sentados en bancas laterales, compartían silencios, conversaciones y miradas cómplices. Cinco centavos bastaban para trasladarse, diez si el destino era Tamatán, en trayectos que hoy parecen breves, pero que entonces contenían todo un mundo.

Detrás de este servicio estaba Bruno de la Garza, comerciante visionario que también atendía su tienda de llantas en la calle Hidalgo. Su apuesta no solo fue por el negocio, sino por conectar a una ciudad que crecía a pasos firmes.

Las julias desaparecieron como unidades originales en los años 30, pero su espíritu se transformó en nuevas generaciones de camiones. Amarillos, cafés, rojos y azules comenzaron a pintar las rutas de Victoria, cada color con su propia identidad. Algunos llevaban al dulce refugio de la pastelería Cristo Rey, otros recorrían el camino hacia Tamatán, y los azules se volvieron cómplices inseparables de estudiantes y juventudes.

Hoy, los microbuses avanzan entre avenidas saturadas y semáforos impacientes. La ciudad cambió de ritmo, de rostro y de escala. Sin embargo, en algún rincón de la memoria colectiva, siguen rodando aquellas julias que, entre polvo, risas y monedas, enseñaron a Victoria que moverse también es una forma de contar su propia historia.