Opinión

Lo que pasa por el puente no llega a Nuevo Laredo

El puente más valioso de México no se debatió, se negoció a puerta cerrada, y nadie en Tamaulipas conoce las condiciones del acuerdo; así opera desde hace años el Puente Internacional del Comercio Mundial, Puente III, y así podría operar hasta 2056 si la renovación en curso se formaliza sin cambiar las reglas del juego.
El cruce concentra el 36.4% de todas las operaciones aduanales de la frontera norte del país, según la Agencia Nacional de Aduanas de México; en 2024 registró 5.38 millones de operaciones de comercio exterior, más que Tijuana y Ciudad Juárez juntas, con entre 15 mil y 18 mil camiones cruzando diariamente en temporadas de mayor flujo, lo que equivale al 40% del comercio terrestre entre México y Estados Unidos.
En 2025 el movimiento por este cruce alcanzó un récord de 354 mil millones de dólares, frente a los 339 mil millones del año anterior, de acuerdo con Elsa Hinojosa, directora del Sistema de Puentes de Laredo; eso convirtió al corredor Monterrey–Nuevo Laredo en la ruta logística más activa de Norteamérica bajo el T-MEC, donde cada hora de retraso en el cruce tiene un costo medible para la cadena de suministro de dos países.
Quien controla ese cruce controla una parte estratégica del comercio bilateral, de ahí que la renovación de su concesión no sea un trámite técnico sino una decisión política con consecuencias económicas de tres décadas.
La concesión actual vence en julio de 2026 y el gobierno de Tamaulipas ya negocia una ampliación por otros 30 años; sin embargo, no existe una discusión pública visible sobre las condiciones del acuerdo, tampoco una consulta a la ciudadanía neolaredense, ni un debate documentado en el Congreso del Estado, todo se ha manejado mediante negociaciones directas entre la Secretaría de Obras Públicas estatal y la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes del gobierno federal.
Pedro Cepeda Anaya, secretario de Obras Públicas de Tamaulipas, informó que el acuerdo podría formalizarse en mayo de 2026; la ampliación contempla pasar de 8 a 18 carriles con una inversión estimada en mil 400 millones de pesos, con participación estatal y federal, según confirmó la alcaldesa Carmen Lilia Canturosas Villarreal, lo que significa que el estado comprometería dinero público en infraestructura cuya concesión no pasó por ningún filtro visible.
La obra es necesaria: el puente opera saturado y en días de alta demanda los tiempos de cruce se han incrementado en promedio dos horas por las obras de modernización, según reportes del sector logístico, con costos directos sobre tiempos de exportación y competitividad para cientos de empresas que dependen del corredor; pero ampliar carriles y renovar una concesión por 30 años son dos decisiones distintas con implicaciones distintas, y solo una se está discutiendo públicamente.
Esto no es un descuido burocrático, fue una decisión: las concesiones estratégicas en economías de enclave no se disputan entre privados bajo reglas públicas, se administran entre actores estatales bajo condiciones que la ciudadanía no puede verificar, y el fideicomiso del puente lo ilustra con precisión.
Durante años los recursos generados por las cuotas de peaje han sido administrados mediante un fideicomiso estatal sobre el que existe muy poca información actualizada; más de 12 mil cruces diarios de carga generan ingresos millonarios, pero Nuevo Laredo no sabe cuánto dinero entra, cuánto permanece en manos del estado y cuánto regresa a infraestructura local.
El último saldo público disponible corresponde al segundo trimestre de 2020 y reportaba 711 millones de pesos; después de esa fecha la información dejó de actualizarse con regularidad, pese a que la ley lo obliga.
El reclamo no es nuevo, se intensificó precisamente en 2020 cuando el puente cumplió dos décadas de operación; cámaras empresariales, agentes aduanales y representantes del sector logístico sostienen desde entonces que la ciudad no recibe proporcionalmente los recursos que genera, aun cuando el contrato original planteaba que parte importante de esos ingresos debía destinarse al desarrollo local y a infraestructura vinculada al comercio internacional.
La respuesta oficial ha sido limitada: el gobierno estatal sostiene que tiene facultades legales para administrar e invertir esos recursos, lo cual puede ser jurídicamente válido; pero la pregunta sigue sin respuesta, Nuevo Laredo genera miles de millones en actividad comercial sin poder auditar el dinero que produce su principal activo fronterizo. Y ahora ese modelo podría extenderse hasta 2056.
La discusión ya no es sobre carriles ni modernización, es sobre quién supervisa el negocio fronterizo más rentable del país, quién revisa el contrato y quién vigila el destino del dinero que deja, treinta años más para seguir sin saber.
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