Hay una especie en extinción en la política mexicana: el estilo sobrio de ejercer el poder, que percibe el alcance de las palabras, cuida los riesgos de la impertinencia y entiende que el cargo debe ejercerse con un mínimo de compostura. Lo que prolifera, en cambio, es una fauna ruidosa, gesticulante, que ha hecho de la tragicomedia una forma de vida y del ridículo su herramienta de comunicación.
Tal vez parezca que se juzgan comportamientos desde la óptica de una mojigatería o santurronería, máscara utilizada en el pasado en la escena política; pero la verdad es que algunos personajes —nacionales y tamaulipecos— sí rebasan con creces los límites de la prudencia y han construido su imagen con excesos que terminan colocándolos en los terrenos del ridículo.
El actual estilo de usar el poder lo patentó Andrés Manuel López Obrador, un tipo hábil que construyó un liderazgo polémico pero real y gobernó sostenido en las mañaneras, con un estilo peculiar de standupero tabasqueño que monopolizó la conversación pública durante seis años. Su modelo de actuación fue tan eficaz que dejó escuela, y hoy sus epígonos —conscientes o involuntarios— pretenden hacer uso del manual sin la gracia de su creador.
Uno de sus imitadores fallidos es Adán Augusto López, quien ha buscado, infructuosamente, repetirse como sucesor de su paisano. En el Senado regaña, se burla, ridiculiza, insulta, asume posturas de estadista, predica; pero su historial lo alcanza: mientras que el secretario de Seguridad que nombró en Tabasco es acusado de ser líder de La Barredora, célula del CJNG, Adán Augusto sigue predicando en el Senado.
Sergio Gutiérrez Luna, presidente de la Cámara de Diputados, aportó su propia variante: fue el ariete de Morena contra el INE, operó el relevo de un magistrado electoral incómodo y colocó a su esposa como candidata federal. La justicia electoral la mantuvo como “dato protegido” para evitar publicidad del caso, aunque las redes la encontraron de todas formas: entre bolsas Prada, vuelos en primera clase y una fiesta VIP de la Fórmula 1.
Otro caso patético lo encarna Gerardo Fernández Noroña quien construyó durante décadas una marca de proletario combativo, y la presidencia del Senado le alcanzó para desmentirla: terminó su gestión con una casa de 12 millones en Tepoztlán, vuelos en primera clase, una camioneta Volvo y un pleito a empujones con “Alito” Moreno en pleno pleno. Convocó una conferencia de prensa para dar su versión… y no fue nadie.
Desde la derecha desdibujada, Lily Téllez ofrece el espectáculo contrario pero igualmente sobreactuado: la indignación permanente como método, el insulto lapidario como látigo y Washington como destinatario. Entre julio de 2025 y mayo de 2026 viajó cinco veces a Estados Unidos mientras faltaba a sesiones del Senado. Cuando le preguntaron quién pagaba los viajes, respondió que no era el Senado. Todos saben quién fue.
El chico fosfo fosfo, Samuel García aporta la variante regia: declaró estar en “modo party” durante el Mundial, pidió que no le llamaran en junio y delegó los asuntos urgentes en su secre particular, mientras el Congreso local avanzaba un juicio político en su contra. En dos eventos mundialistas seguidos, el público lo recibió a silbidos.
En redes sociales, sobre todo en X, Ricardo Salinas Pliego libra una cruzada moral contra el gobierno, los impuestos y la corrupción ajena. En el 2025, la Suprema Corte lo obligó a liquidar 32 mil millones al SAT tras dos décadas de litigios. Grupo Salinas aclaró en su comunicado que el pago se realizó “no por convicción ni por justicia”.
En Tamaulipas tenemos nuestros propios carperos, y algunos han afinado el método con ligeros variantes.
Francisco García Cabeza de Vaca construyó un personaje de hombre duro y lo ejerció con excesos contra sus adversarios; el discurso puritano empezó a cuartearse cuando la Fiscalía Anticorrupción abrió 31 carpetas contra ex funcionarios de su gabinete. Al cierre de 2025, 29 habían sido vinculados a proceso por desvío de recursos, adjudicaciones irregulares y abuso de funciones.
Pero tal vez el caso más significativo lo encarna Maki Ortiz, quien construyó en Reynosa un clan político que ha dominado la presidencia municipal por más de una década y hoy recorre el estado con cargo al municipio, vendiéndose como la mejor opción para gobernar Tamaulipas en 2028. El Partido Verde ya la destapó; ella no lo niega. Lo que tampoco niega nadie es que en su última elección competida quedó en tercer lugar, y que su curul en el Senado llegó por negociación, no por las urnas.
Carlos Cantú Rosas es el heredero del legado de su padre en Nuevo Laredo: fue presidente municipal, disputó la candidatura del PAN con Cabeza de Vaca y hoy opera como diputado federal con un evidente activismo política en todo el estado. A quien le pregunta dice que no busca la gubernatura. Sus reuniones privadas con líderes y operadores de Morena cuentan otra historia.
Un caso especial y desde los sótanos de la política lo encarnan Mario López y Beto Granados, ambos comparten algo más que el haber sido presidentes municipales de Matamoros: los dos fueron retenidos en el puente internacional, episodio que va más allá del simple escándalo. El gobierno de Estados Unidos ha documentado lo que ocurre en esa ciudad entre autoridades municipales y grupos fácticos. Mario llegó al Verde vía Morena. Beto carga con un historial que las nuevas reglas de Morena no van a ignorar.
Aquí, en la capital, Pepe Braña acumula dos periodos como diputado local y uno federal. Hay un dato duro que explica su repentino éxito: es sobrino de Andrés Manuel. Sus recorridos por las colonias populares de Ciudad Victoria repartiendo tapas de huevo redondean el retrato de este personaje muy propio de la 4T verde.
Mientras tanto, el espectáculo sigue. La única diferencia entre el circo y la política es que en el circo los payasos saben que lo son y aquí no lo saben pero lo peor es que suele suceder que aún así ganan.






