Opinión

El club de los ocho

De las 91 organizaciones que en enero de 2025 notificaron al INE su intención de convertirse en partido político nacional, solo dos lo consiguieron; desde el 1 de julio México tiene ocho partidos con registro, y esa aritmética dice más del sistema que cualquier declaración de principios.

La ley abre esta convocatoria una sola vez cada seis años, en el enero siguiente a cada elección presidencial, de modo que quien no cruzó ahora esperará hasta 2031.

Los requisitos explican la mortandad; la norma exige 200 asambleas distritales con al menos 300 asistentes cada una, o veinte estatales con 3 mil, además de 256 mil 30 afiliaciones verificadas y una fiscalización peso por peso de cada informe financiero.

Ninguna ciudadanía espontánea puede cumplir eso, solo lo acreditan estructuras con dinero y operadores en territorio, de ahí la paradoja de origen: para nacer como partido nuevo hay que operar como aparato viejo.

Los cuatro finalistas lo confirman; Construyendo Sociedades de Paz es heredero del extinto PES y está vinculado al diputado morenista Hugo Éric Flores, mientras Que Siga la Democracia fue la organización que promovió la revocación de mandato del expresidente López Obrador.

México Tiene Vida movilizó templos y Somos México proviene de la Marea Rosa que respaldó la candidatura de Xóchitl Gálvez; ninguno surgió de la nada, todos venían de una maquinaria previa.

En el otro extremo quedó el llamado Partido del Pueblo Bueno, que en un año reunió 34 afiliaciones; la distancia entre esa cifra y las 256 mil 30 exigidas mide el abismo entre querer participar y poder hacerlo, un abismo que 47 agrupaciones no cruzaron y que empujó a otras 31 a desistirse.

El Consejo General aprobó a Somos México y a PAZ, y negó el registro a los otros dos; a México Tiene Vida le documentó ministros de culto en al menos 58 asambleas e inconsistencias financieras por 3.8 millones de pesos, cerca de 24% de lo reportado, mientras Que Siga la Democracia acumuló irregularidades en su proceso de constitución.

El expediente religioso llegará al TEPJF, donde pesa un precedente de 2020 que validó al PES pese a señalamientos similares, de modo que el número final de partidos todavía puede moverse.

Aquí aparece el incentivo que nadie enuncia; la bolsa de financiamiento público permanece fija sin importar cuántos partidos existan, cada recién llegado recibe 2% del total y ese dinero sale directamente de las prerrogativas de los ya establecidos.

Los dos nuevos dispondrán de 84.3 millones de pesos en el segundo semestre de 2026, de una bolsa semestral de 3 mil 684 millones, recursos que los seis viejos dejaron de percibir junto con parte de sus franquicias postales y telegráficas; el club tiene razones contables para preferir la puerta cerrada.

Sobrevivir será más difícil que nacer; la ley obliga a los partidos nuevos a competir solos en su primera elección federal, sin coaliciones ni frentes, y a obtener al menos 3% de la votación válida para conservar el registro.

Ese umbral eliminó en 2015 al Humanista, en 2018 a Encuentro Social y en 2021 a los tres nacidos apenas un año antes, Redes Sociales Progresistas, Encuentro Solidario y Fuerza por México; en el proceso anterior 106 organizaciones manifestaron su intención, tres obtuvieron registro y las tres habían muerto un año después.

De los partidos creados en la última década solo Morena sigue vivo, y sobrevivió porque llegó con un liderazgo nacional ya construido y una elección presidencial en el horizonte; los debutantes de 2026 se jugarán la permanencia en junio de 2027, en la misma elección donde estrenen emblema.

Para Tamaulipas la lectura es concreta; en 2027 se renuevan diputaciones federales, congreso local y los 43 ayuntamientos, y los dos partidos nuevos llegarán sin estructura estatal, con apenas un año para construir lo que a otros les tomó décadas.

Su destino más probable es funcionar como franquicias para políticos desplazados, aspirantes que perdieron contiendas internas o se quedaron sin espacio en las negociaciones de candidaturas y buscan membrete para seguir en la boleta; la historia local de los tres partidos nacidos en 2020 fue exactamente esa.

Guadalupe Acosta Naranjo promete que Somos México no será refugio de políticos; esa promesa se pondrá a prueba justamente en estados como este, donde cada ciclo electoral deja personal político sin sitio.

El artículo 41 de la Constitución define a los partidos como organizaciones de ciudadanos que hacen posible su acceso al ejercicio del poder público, y ese mandato se cumple cada vez menos; las reglas de entrada las escribieron los propios partidos en la ley de 2014, los requisitos filtran ciudadanos y premian aparatos.

El procedimiento se llama constitución de partidos por organizaciones ciudadanas y el nombre es ya una cortesía, porque lo que compitió ahí fueron fracciones de la clase política buscando reingreso; ahora que una reforma electoral se discute en el Congreso, serán otra vez los de adentro quienes decidan el tamaño de la puerta.

El INE presume certeza y procedimientos verificables, y puede tenerlos, aunque el resultado sea un pluralismo que opera como mercado protegido, con barreras de entrada altísimas y renta garantizada para los establecidos.

Cada seis años el sistema abre la puerta para presumir que es abierto, deja pasar a uno o dos y la vuelve a cerrar; en 2027 la boleta tendrá ocho logotipos y la misma pregunta de siempre sin responder, cuántos de ellos representan a alguien más que a sí mismos.