Opinión

Geografía y poder

A mediados de los setenta, en Ciudad Victoria, la cobertura de las fuentes políticas transcurría con la monotonía propia de una larga y tediosa etapa bajo el dominio de un PRI que hasta entonces parecía invencible. La calma chicha se acabó con el estallido de una rebelión en Nuevo Laredo, encabezada por el abogado Carlos Enrique Cantú Rosas, tras una elección municipal que puso en jaque a un sistema autoritario que parecía eterno.
El Chalé Boy, como se le conocía, se rebeló, movilizó masas y, bajo las siglas del PARM, ganó en 1974 la presidencia municipal. En 1980 llegó hasta la candidatura a gobernador, enfrentando al priista Emilio Martínez Manautou, en un estado donde el único neolaredense que había pisado el Palacio Estatal era Hugo Pedro González, en los años cuarenta, con un paso tan breve y convulso que dejó más dudas que precedentes. Cantú Rosas perdió la elección, pero el apellido y el liderazgo quedaron, y hoy porfían en el intento sus hijos, Carmen Lilia y Carlos.
A dos años de la sucesión, los hermanos Cantú Rosas se mueven en los 43 municipios, regiones con su propia idiosincrasia y con clanes y cacicazgos que no sueltan el poder sin dar la batalla. Carmen Lilia desde la alcaldía y Carlos desde la diputación federal, han consolidado su capital político desde una ciudad que conoce la alternancia mejor que ninguna otra en el estado. Su gran desafío es demostrar que quienes gobiernan la frontera más dinámica del estado tienen también la capacidad de administrar un proyecto de escala estatal sin tropezarse entre ellos.
Los Canturosas tendrán que demostrar que, aún con ambiciones propias, pueden moverse como si fueran uno solo, y entender también que en Tamaulipas los proyectos que han naufragado lo han hecho primero adentro, antes de que el adversario tuviera que intervenir. La unidad es una condición sin la cual lo demás no sirve de nada, y cualquier señal de desacuerdo será leída por sus rivales como una grieta por donde meter la cuña. El escenario que más les conviene a sus adversarios es verlos divididos, antes de que lleguen siquiera a la cancha.
En Tamaulipas, como en el resto del país, la sucesión no se decide en las encuestas ni en los mítines; se decide en dos despachos: el de la Presidencia de la República y el del gobernador en turno. Ganarse a las bases es condición necesaria, pero insuficiente, y los Canturosas tendrán que convencer al centro de que son una opción viable, no solamente con declaraciones, encuestas o activismo mediático, sino con negociaciones en las alturas del poder. La frontera tiene peso propio, pero en la lógica de las sucesiones estatales ese peso vale menos de lo que parece si no viene acompañado del aval correcto.
El reto más visible llega en 2027. El PAN sabe perfectamente lo que representa Nuevo Laredo: la joya presupuestal de la frontera, el municipio que más recursos mueve y el que más pesa en cualquier proyecto político que quiera sostenerse hasta 2028. Arrebatarlo no sería solo ganar un municipio, sino dejarle a Morena sin la llave de la caja y sin el bastión que sostiene el argumento de que la frontera les pertenece. Por eso el blanquiazul llegará coordinado y con todo lo que tenga, y retener la ciudad exigirá algo más que popularidad: operadores experimentados, estructura en cada colonia y la frialdad necesaria para no cometer errores en la recta final, cuando la presión aprieta y la tentación de improvisar se vuelve más cara.
Pero el proyecto tiene también preguntas que responder. La frontera norte de Tamaulipas vive bajo la observación permanente de los gobiernos de México y Estados Unidos, y quien aspire a gobernar el estado sabe que el primer filtro no lo pone el INE sino Washington: visas canceladas, nombres en listas negras y expedientes abiertos en cortes federales mantienen en vilo a carreras políticas. Para los Canturosas, llegar limpios al 2027 es una condición que ninguno de los tres problemas anteriores puede compensar si falla.
Se vale repetir la vieja frase: que no haya ilusos para que no haya desilusionados. Si los Canturosas logran mantenerse unidos, convencen a quienes en el centro tienen la última palabra y defienden su bastión en 2027, habrán demostrado que Nuevo Laredo puede romper su histórica maldición geográfica. Si alguno de esos tres frentes se quiebra, otros clanes morenistas que también sueñan con el 2028, cerrarán filas —como ya lo han hecho la tampiqueña Olga Sosa y el reynosense José Ramón Gómez Leal— para recordarles que esa frontera sigue siendo bienvenida en todas partes… siempre y cuando no sea en el Palacio de Gobierno.