En la víspera de las decisiones que definirán el tablero electoral de 2027, los grupos de poder en Tamaulipas ya pusieron las cartas sobre la mesa: la guerra será sin cuartel, y como decían los cronistas de la lucha libre, no habrá límite de tiempo, las fichas y las manoplas llevan semanas sobre el ring y todavía no suena el primer campanazo. Lo que viene, como sentenciaba Celso H. Delgado cuando pasó por aquí de delegado priista antes de ser gobernador de Nayarit, no es lo que saben, es lo que inventan.
Los últimos días las redes sociales han sido inundadas con ataques ríspidos e inusuales en su intensidad contra la presidenta municipal de Nuevo Laredo, Carmen Lilia Canturosas; el nivel de agresividad revela algo que sus promotores quisieran disimular: consideran que, por ahora, ella es la figura mejor posicionada en la disputa por el futuro político de Tamaulipas, lo que la convierte en blanco natural de quienes no quieren que eso siga siendo así.
La pregunta obligada es si quienes impulsan esta campaña de lodo creen, de verdad, que semejante embestida cambiará la percepción de quien habrá de influir de manera decisiva en la sucesión de 2028, y si así lo calculan, su apuesta tiene más de estridencia que de inteligencia política. Hacer ruido no es lo mismo que mover el tablero, y confundir una cosa con la otra ha enterrado a más de un estratega en Tamaulipas.
Otra línea de la guerra sucia la componen las especulaciones que circulan sin freno sobre el futuro de políticos presuntamente vinculados a los escándalos del huachicol. El tema, que en Tamaulipas tiene uno de sus focos más calientes, ha cobrado nueva fuerza por las investigaciones de agencias estadounidenses, las presiones de la administración Trump y la postura de la presidenta Claudia Sheinbaum frente a esa presión.
La mandataria ha endurecido su discurso soberanista con notoriedad en los últimos días, rechazando con claridad las exigencias provenientes del vecino del norte. En ese clima, las filtraciones, los rumores y las apuestas sobre consecuencias políticas se multiplican al mismo ritmo que sube la temperatura bilateral. Cada declaración de Washington alimenta una nueva ronda de especulación en los corrillos tamaulipecos, donde nadie quiere quedarse sin opinión aunque pocos tienen información.
A nivel local, la polarización se expresa a través de cuentas anónimas, actores políticos que hacen ruido en los medios digitales y apariciones calculadas en televisión y radio. En el ámbito nacional, la batalla se libra en columnas y notas donde se mezclan hechos, filtraciones y relatos —reales o fabricados— sobre presuntos vínculos de políticos tamaulipecos con personajes que enfrentan problemas ante los aparatos de justicia de Estados Unidos o de México.
La disputa, en todos esos frentes, no se limita a proyectos ni a liderazgos. Se libra, sobre todo, en el terreno de las percepciones: cada historia, documentada o no, es munición para mover la opinión pública y alterar el equilibrio de fuerzas antes de que alguien tome las decisiones que definirán quién compite y quién no en los próximos comicios.
El paréntesis que ofreció el Mundial de futbol se cerró el domingo de la manera más dolorosa: México cayó 2-3 ante Inglaterra en el Azteca, y quedó eliminado en octavos tras dos errores que le costaron la clasificación. Apenas sonó el silbatazo final, la crispación en las cúpulas políticas regresó con renovadas ganas. Al mismo tiempo se desinflaron el balón y la tregua.
En Tamaulipas, la refriega es más ruda que en ninguna otra parte y se libra sin concesiones. Los bandos en disputa parecen decididos a no soltar un centímetro del terreno conquistado y por ahora, ninguno muestra disposición de dar un paso atrás, aunque el costo de seguir hacia adelante todavía nadie lo ha calculado con seriedad.
La función continúa, los golpes siguen subiendo al cuadrilátero y el réferi se mantiene a prudente distancia. Sabe, sin embargo, que tiene la campana en sus manos y que llegado el momento será quien decida cuándo termina la pelea. En política, como en la lucha libre y como en el futbol, lo que viene después del silbatazo final casi siempre importa más que lo que pasó sobre el campo.






