Los primeros años fueron de prosperidad, éxito y bonanza para Morena, pero el futuro es incierto porque la configuración del escenario político se ha contaminado, congestionado, por la ambición desbordada de los grupos que obtuvieron sus franquicias regionales en 2018 y ahora se resisten a soltarlas. Por eso ha llegado el momento de los jalones de riendas, los ajustes de cuentas y los encuentros que buscan abrir una tregua de sobrevivencia para transitar hacia el temporal que se avecina.
Esa lectura explica la intensa y tupida agenda de Américo Villarreal Anaya en los últimos diez días. De Nuevo Laredo a Reynosa ha acompañado a los alcaldes —morenistas unos, panistas otros— en sus informes. Son cuarenta y tres eventos entre el 3 y el 13 de septiembre, y él decidió estar presente en cada uno, algo que entre los gobernadores tamaulipecos no se veía desde hacía tiempo.
El 10 de septiembre llega también la presidenta Claudia Sheinbaum a esta capital, su tercera visita al estado en lo que va del año, y entre tanto abrazo con fotógrafos enfrente hemos visto reunirse, con sonrisas que no siempre convencen del todo, a personajes como José Ramón Gómez Leal, Olga Sosa, Maki Ortiz, Carmen Lilia y Carlos Canturosas, nombres que la política local ya baraja, con más o menos fundamento, para la sucesión de 2028.
No hace falta ser adivino para leer el mensaje detrás de esta movilización, cargada de una preocupación por el futuro: el problema de Morena no está enfrente, está adentro, y fragmentarse ahora sería la manera más segura de perder antes de tiempo. Pero también sabe el partido que la tensión con Washington, los intereses cruzados de los dos países en la frontera y los expedientes que supuestamente ya se arman contra algunos de sus propios cuadros complican el paisaje más de lo que cualquier abrazo alcanza a disimular.
Basta mirar las plazas que más pesan en las grandes decisiones electorales. Reynosa concentra hoy más de seiscientos mil electores en su lista nominal, poco más de la quinta parte del padrón estatal; Matamoros y Nuevo Laredo suman entre las dos más de ochocientos mil más. Ninguna otra combinación de tres municipios define tanto el resultado final de una elección tamaulipeca, incluidas las zonas rurales.
El panismo tiene los ojos clavados en Nuevo Laredo, por el peso político y económico de la aduana más importante del país; la elección pasada se ganó por un porcentaje mínimo, y ahí no hay margen para dirimir querellas internas sin correr el riesgo de una derrota. Reynosa es otro caso aún más complejo, porque hay una revoltura de intereses que transita entre el Verde y Morena, con la senadora Maki Ortiz operando con clientela amarchantada y un clan local que después de doce años empieza a mostrar el desgaste natural del poder —una mezcla que podría terminar beneficiando al blanquiazul, y más específicamente a los hermanos Cabeza de Vaca.
Beto Granados, por su parte, no ha logrado que el ayuntamiento de Matamoros se sacuda la crisis que aún exaspera el ánimo ciudadano desde la cancelación de su visa, y aun así hay señales de que buscan reelegirlo, empezando por él mismo, aunque esa carga viajará con él hasta las urnas, lo confirmen o no las encuestas internas. Y en Tampico, el exalcalde y hoy diputado Jesús Nader ya avisó que no descarta ir por tercera vez contra la actual alcaldesa Mónica Villarreal, en lo que promete ser una de las batallas más cerradas que se hayan librado en el puerto.
Vale la pena recordar que el PRI perdió por primera vez Nuevo Laredo en 1975, Matamoros en 1981, Reynosa en 1987 y Tampico en 1972, cada vez de la mano de un partido que parecía oposición y que casi siempre terminaba operando como válvula del propio sistema. Aquel medio siglo dejó una lección sencilla: la hegemonía se cuartea primero por dentro, cuando la ambición de los propios grupos de poder pesa más que la disciplina que los mantuvo unidos.
El cálculo, dicen los mismos morenistas, es sencillo y descarnado: quien pierda el año próximo llegará con las manos vacías al siguiente, cuando de verdad se reparta lo grande. Eso explica la agenda saturada de eventos, las visitas presidenciales, los abrazos que a veces, en los cruces de miradas fulminantes, parecen parte de un guion teatral. Toda cirugía mayor empieza con anestesia; en Morena, por lo pronto, la anestesia son los informes de los alcaldes.






