Por Antonio H. Mandujano
A pocos días de que termine septiembre, considerado el corazón de la temporada de huracanes en el Atlántico, este mes prácticamente pasó de noche en materia ciclónica, pues a solo 48 horas de su conclusión no se ha formado ni se pronostica, hasta ahora, un solo huracán en la cuenca.
Los datos contrastan con los registros de otros años.
De acuerdo con el Centro Nacional de Huracanes (NHC), hasta el 27 de septiembre el Atlántico acumulaba siete tormentas con nombre, cero huracanes y cero huracanes mayores, con una energía ciclónica acumulada (ACE) de apenas 9.3 unidades, 90 por ciento por debajo del promedio de 1991-2020.
La comparación con 2025 hace todavía más evidente el contraste.
Un septiembre muy diferente al de 2025
A estas mismas alturas del año pasado, el Atlántico ya llevaba nueve sistemas con nombre: Andrea, Barry, Chantal, Dexter, Erin, Fernand, Gabrielle, Humberto e Imelda.
De ellos, cuatro ya habían alcanzado categoría de huracán: Erin, Gabrielle, Humberto e Imelda.
Tres habían llegado a la categoría de huracán mayor: Erin, Gabrielle y Humberto.
Precisamente el 28 de septiembre de 2025, mientras este año el Atlántico sigue sin registrar un solo huracán, Humberto era un poderoso huracán categoría 4, con vientos máximos de 240 kilómetros por hora.
Para ese mismo día, Imelda acababa de convertirse en tormenta tropical.
Es decir, al llegar al cierre de septiembre, 2025 ya tenía nueve tormentas con nombre, cuatro huracanes y tres huracanes mayores, mientras que 2026 apenas acumulaba siete tormentas con nombre y ninguno había alcanzado la categoría de huracán.
Aunque este septiembre sí produjo tres tormentas tropicales: Hanna, Fay y Gonzalo, ninguna logró convertirse en huracán.
Fay llegó a tormenta tropical el 19 de septiembre y Gonzalo se formó el 25. Ambos se mantuvieron sobre el Atlántico y no representaron una amenaza directa para Tamaulipas.
Hanna, en cambio, se formó oficialmente en el Atlántico central durante las últimas horas y se prevé que se convierta en baja remanente este miércoles.
Asimismo, páginas especializadas en meteorología en México señalan que la temporada rompió el récord de la fecha más tardía de la era satelital sin la formación de un primer huracán.
El récord anterior correspondía a Gustav, en 2002, y Humberto, en 2013, ambos formados el 11 de septiembre.
¿Y el Golfo de México?
El Golfo tampoco ha tenido el movimiento que normalmente podría esperarse en esta parte de la temporada.
El principal sistema tropical que pasó por esta zona en 2026 fue la tormenta tropical Bertha, que estuvo sobre el norte del Golfo en julio antes de tocar tierra en Luisiana.
Desde entonces y hasta lo que va de septiembre no se ha producido ningún ciclón tropical en el Golfo.
Esto resulta relevante para Tamaulipas porque un sistema que se desarrolle en el Golfo o se aproxime a sus costas puede dejar lluvias abundantes, incluso sin impactar directamente como huracán.
Y ahí aparece la otra cara de una temporada tranquila.
Menos huracanes, menos posibilidades de una gran recarga
Para Tamaulipas, la falta de ciclones no significa automáticamente que no llueva, pues el estado también recibe agua de frentes fríos, vaguadas, ondas tropicales y tormentas convencionales.
Sin embargo, los ciclones tropicales tienen una característica que ningún otro fenómeno garantiza: pueden concentrar enormes cantidades de lluvia en pocos días y generar grandes escurrimientos hacia presas, ríos, lagunas y acuíferos.
El comportamiento de 2026 muestra por qué esto importa.
Las lluvias de junio y principios de julio permitieron una recuperación importante de los almacenamientos.
Para inicios de julio, la presa Vicente Guerrero había alcanzado 61 por ciento de su capacidad, mientras Ramiro Caballero estaba en 19 por ciento y Emilio Portes Gil prácticamente llena.
El sistema lagunario del sur tenía alrededor de 860 millones de metros cúbicos, equivalentes a 1.35 metros de nivel.
Sin embargo, septiembre volvió a exhibir la presión que existe sobre el recurso hídrico.
La sequía meteorológica avanzó en septiembre
El Monitor de Sequía de México, elaborado por el Servicio Meteorológico Nacional y la Conagua, reportó que al 15 de septiembre de 2026 la afectación en Tamaulipas había aumentado a 60.8 por ciento de la superficie estatal, frente al 51.7 por ciento registrado al cierre de agosto.
El número de municipios con alguna condición de afectación también aumentó de 27 a 29 de los 43 municipios tamaulipecos.
Es decir, en apenas una quincena, la superficie afectada creció 9.1 puntos porcentuales, pese a que durante septiembre sí se habían presentado lluvias aisladas en diferentes regiones.
El corte del 31 de agosto mostraba que 34.3 por ciento del territorio estaba anormalmente seco (D0), 15.3 por ciento presentaba sequía moderada (D1) y 2.1 por ciento sequía severa (D2). Para ese momento eran 27 municipios los afectados.
El nuevo corte quincenal confirma que septiembre no ha conseguido revertir el déficit de humedad y, por el contrario, la superficie estatal bajo alguna categoría de afectación siguió creciendo.
El deterioro se concentra especialmente en las regiones Centro y Norte, donde las precipitaciones no han sido suficientes para recuperar las fuentes de abastecimiento.
Esto coincide con el panorama que ya advertían autoridades estatales, pues el secretario de Desarrollo Rural, Antonio Varela Flores, señaló a mediados de septiembre que la falta de precipitaciones comenzaba a generar preocupación para la actividad ganadera y que las condiciones atmosféricas todavía no eran suficientes para activar el programa de estimulación de nubes.
Lo que Tamaulipas
necesita de las lluvias
La importancia de los ciclones para Tamaulipas se entiende mejor con un ejemplo reciente.
En junio de 2024, la tormenta tropical Alberto dejó 178.1 milímetros de lluvia en solamente tres días, después de que el estado había acumulado apenas 45.6 milímetros durante los primeros cinco meses del año.
Sus precipitaciones permitieron que el sistema lagunario del sur pasara de apenas 1 a 85 por ciento de almacenamiento, mientras la presa Vicente Guerrero recibió una importante aportación.
Ese episodio demuestra por qué la ausencia de sistemas tropicales puede convertirse en un problema hidrológico: un ciclón no solamente representa riesgo por viento y lluvia; también puede convertirse en una importante fuente de recarga para las reservas de agua.
Afortunadamente, la temporada atlántica todavía no termina, ya que oficialmente se extiende hasta el 30 de noviembre. Aunque septiembre prácticamente se iría sin huracanes, todavía existe margen para que octubre registre actividad tropical.
De hecho, climatológicamente buena parte de la actividad del Atlántico ocurre entre mediados de agosto y mediados de octubre.
En Tamaulipas, además, Protección Civil estatal mantiene la vigilancia ante un posible incremento de las lluvias durante los primeros días de octubre, debido a la interacción de varios sistemas meteorológicos.
El pronóstico difundido por la dependencia contempla lluvias fuertes a intensas, tormentas y chubascos, descargas eléctricas y vientos superiores a los 50 kilómetros por hora, además del riesgo de crecida de ríos y arroyos e inundaciones.
Así, el cierre de septiembre deja una paradoja para Tamaulipas: la ausencia de huracanes significa menos amenaza directa para la población, pero también menos posibilidades de recibir esas grandes aportaciones de agua que pueden cambiar en cuestión de días el nivel de una presa, un río o un sistema lagunario.
Mientras 2025 llegaba al cierre de septiembre con nueve tormentas con nombre, cuatro huracanes y tres huracanes mayores, 2026 llega al mismo punto con siete tormentas nombradas, pero ningún huracán en el Atlántico.
El reto para Tamaulipas será ahora que las lluvias de octubre logren compensar, al menos parcialmente, la falta de sistemas tropicales que durante otros años han representado importantes aportaciones de agua para sus reservas.






