En 2018, Andrés Manuel López Obrador pasó por Tamaulipas como una tromba y arrasó con sus adversarios en las urnas. Apenas dos años antes, la alternancia había cerrado casi nueve décadas de gobiernos priistas y entronizado al PAN en el Palacio de Gobierno; todavía olía a pintura azul cuando la ola guinda se llevó casi todas las diputaciones federales, aunque en los ayuntamientos apenas alcanzó cinco de los 43. Morena ni siquiera tenía estructura para explicar un triunfo tan desigual, pero, finalmente, el hartazgo popular ajustó cuentas.
Los que se subieron a tiempo al barco huían del PRI que se hundía, del PAN que apenas estrenaba el cargo o de alcaldías que ya operaban con presuntos dueños, unidos solo por el afán oportunista de estar del lado ganador. Cuatro años después, Morena llegó más lejos de lo previsto: Américo Villarreal asumió el poder pese a dos impugnaciones del gobierno panista, empeñado en retener el poder; ambas fueron rechazadas por el tribunal electoral.
Ocho años después, los números parecerían indicar que Morena ya no necesita de su caudillo para ganar. Tras la elección de 2024, domina 17 alcaldías, 24 de 36 curules locales, los nueve municipios más poblados, 45 por ciento del voto municipal y una mayoría calificada con la que aprobó en mayo una reforma electoral sin sentarse con la oposición. Detrás de esos números está la mano que mece la cuna: los programas del Bienestar llegan a 1.1 millones de tamaulipecos, con una derrama de casi 24 mil millones de pesos que se cobra cada bimestre en el Banco del Bienestar, con la credencial del INE en la mano.
Lo que el tabasqueño no previó —y quizá tampoco habría podido evitar— fue el desorden político que dejó en Morena. Los grupos que se sumaron por oportunismo están obsesionados en conservar los espacios de poder conquistados. Los Makitos, en Reynosa; los senadores José Ramón Gómez Leal y Olga Sosa, aliados circunstanciales, y todos los alcaldes morenistas, construyeron estructuras clientelares propias. Esas redes se han propuesto preservar sus cuotas y negocian, chantajean, para asegurar su permanencia o, llegado el momento, brincar a otro cargo.
En medio de la pelea interna, el Partido Verde descubrió que puede cobrar caro su alianza. Sabe que sus votos son necesarios para sostener la mayoría calificada en las Cámaras y no piensa regalarlos. Mientras impulsa a Maki Ortiz rumbo a 2028, pepena candidatos para alcaldías y diputaciones con una lógica simple: le servirán como moneda de cambio. Ya no quiere ir a la cola de Morena, el plan es sentarse a la mesa, poner condiciones y, como siempre, transar y obtener ganancias políticas.
Cinco alcaldes relevantes de Morena —Carlos Peña, en Reynosa; Carmen Lilia Canturosas, en Nuevo Laredo; Eduardo Gattás, en Victoria; Armando Martínez, en Altamira; y Nataly García Díaz, en Díaz Ordaz— ya agotaron su única reelección consecutiva y no pueden repetir en 2027. Erasmo González, en Madero, va apenas en su primer periodo y ya confirmó que buscará la reelección, con fuertes enemigos internos, como Adrián Oseguera, que lo mantienen bajo intenso fuego amigo.
Lo que sucede en Morena ya lo vivió antes Tamaulipas: el PRI gobernó 86 años, y nunca fue congruente con su discurso revolucionario; hasta su deceso fue un eficaz repartidor de cargos entre grupos subordinados al poder central, instalado en Los Pinos o en Casa de Gobierno. Cuando el árbitro cayó, la aplanadora se desvieló, pero los cacicazgos tuvieron mejor suerte: se reciclaron.. cambiaron de camiseta. Hoy el esquema reaparece bajo una franquicia de seudo izquierda, con una diferencia: el fundador se fue a “La Chingada” y la presidenta, con 68 por ciento de aprobación general, tiene problemas bastante más serios que andar apagando pleitos de las camarillas de poder.
Enfrente hay un enemigo empeñado en resucitar: el PAN, aún con el tufo cabecista, renovó dirigencia en julio, con 75 por ciento para la fórmula de Gloria Garza y César Verástegui; la planilla perdedora, ligada presuntamente al exgobernador, impugnó, y el Consejo Nacional declaró infundado el recurso en agosto, aunque la planilla todavía puede recurrir a la Sala Regional de Monterrey. El PRI apenas conserva una alcaldía y una curul. La conclusión es que, por lo visto, Morena no tiene rival; la bronca son sus avorazados socios, aferrados a sus cuotas de poder.
Desde arriba sopla otro viento: la intención de voto nacional para diputados federales cayó de 46 a 34 por ciento en apenas un año, según las últimas encuestas más o menos creíbles, aunque nadie se ha medido todavía en el estado. De ese desgaste pretenden beneficiarse el PAN y Movimiento Ciudadano, que en 2024 apenas sacó 2.88 por ciento del voto: MC tiene simpatizantes y compañeros de viaje, pero le faltan aparato y candidatos para convertirlos en votos. Hay exceso rollo, pero falta fuerza.
En el 2024 Victoria se definió por mil 100 votos y la alcaldía de San Fernando por 400, ambas tras recuento voto por voto; Nuevo Laredo también fue a recuento total y terminó con una ventaja mayor, de 4 mil 677 votos. Perder alguno de esos bastiones en 2027 resquebraja la imagen de dominio que hoy proyecta Morena; perder varios abre de par en par la sucesión de 2028. La tromba de 2018 se llevó lo que estaba suelto y escrituró a sus aliados ocasionales las regiones. Ocho años después ya no pelean por llegar al poder, simplemente no les dará la gana devolverlo.






